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Los buzos guiados por el experimentado instructor Daniel Pellene, Gustavo Moshier y Federico Navarrete, realizaron inmersiones en todos los ríos y espejos de agua de la provincia: los ríos Dulce, Salado y en los embalses de Río Hondo y de Figueroa. Desafiando temores y con la carga de adrenalina de esta práctica, estos buzos avezados llegaron hasta el fondo mismo del lago de Las Termas, a unos 30 metros de profundidad. Sus conocimientos de las profundidades de los cursos de agua santiagueños junto con una trabajada planificación, les permite bucear incluso con la más nula visibilidad y llevar adelante las más diversas tareas, entre ellas, las de recuperar objetos perdidos costosos como motores fuera de borda de lanchas de un valor que ronda los $ 30 mil o anclas de embarcaciones, por lo que se los denomina “cazadores de tesoros”.  Daniel Pellene, cabeza del grupo y que formara parte del grupo original del Grupo Especial de Rescate (GER) fue el generador de este proyecto, casi utópico para quienes no conocen los ríos santiagueños, que es la práctica del buceo. Este experimentado buzo señala que las aguas en esta provincia son aptas para este deporte por su media profundidad y que la escasa visión en algunos cursos o espejos como los embalses o el río Salado, no resultan un obstáculo insalvable para realizar ejercicios. Maniobras básicas bajo el agua y una planificación acabada del lugar antes de la inmersión, permiten sumergirse y moverse en la más absoluta oscuridad, explicó. Son esfuerzos físicos importantes los que se necesitan, por eso el apto médico es el primer filtro para poder acceder a los cursos. Aquí, la parte psicológica vale entre un 80 y 90% del estado en general. “Tenemos que tener un dominio completo del estrés y llegar a anular el miedo, sobre todo en situaciones de accidentes y porque el cuerpo debe soportar las leyes físicas de la presión del agua”.
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